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miércoles, 13 de abril de 2011

Cira y Julia Aguirre, artesanas pioneras en bordados de trajes típicos en lienzo


Cira y Julia Aguirre son hermanas. Ambas se constituyen en las primeras artesanas de bordados de los tradicionales trajes típicos de la capital chapaca, elaborados en lienzo. Ya son 33 años dedicados plenamente a esa labor.

La calle Sucre y la General Trigo son las principales vías de la ciudad de Tarija en las que se encuentran los artesanos tarijeños. Estas hermanas tienen una pequeña tienda llena de trajes típicos de la región, ubicada en la calle Sucre. Las camisas, blusas y vestidos de lienzo, las mantas hechas en tela “piel de sirena” son bordadas con colores y figuras múltiples. El poncho tarijeño, la “bayetas de tierra”, telas elaboradas de lana de oveja, son expuestas a diario en su taller artesanal.

“La Chapaquita” se denomina el local comercial donde también elaboran sus trabajos. Desde fines de 1977 elaboran las prendas de vestir que sobresalen en las fiestas típicas de la región, principalmente en la época de carnaval.

Cira Aguirre explica parte de su trabajo, mientras su hermana Julia no deja de bordar acompañada de otra de sus ayudantes que se mantiene al pie de la máquina. Indica que comenzó como vendedora de tela en una tienda que no era suya, de allí la sacaron, y al verse sin fuente de trabajo decidió poner una boutique en al calle Bolívar, entre las calles Sucre y Daniel campos, pero como su negocio no prosperó debido a la competencia de las nuevas vendedoras instaladas en el “Mercado negro”, según cuenta Cira. Creía que no le iría bien.

En ese tiempo, comenta, le invitaron a una fiesta de matrimonio para la cual bordó su propio vestido de lienzo con el que asistió y luego lo expuso en su boutique, allí se acercó una joven a la que le agradó su trabajo y le pidió que le vendiera, tras admirar la labor que había realizado. Según relata, de ahí es que le surgió la idea de bordar las prendas de vestir en lienzo. Sus modelos se expandieron en varios centros que siguieron su labor.

Después de estar en su tienda ubicada en la calle Bolívar, se instaló en la “La casa de liebre”, en la calle Sucre, allí estuvo 15 años elaborando las tradicionales prendas de vestir. Desde entonces se trasladó en cuatro oportunidades a diferentes lugares, pero sin salir de la calle Sucre, la que tanto quieren las hermanas, porque desde su infancia vivieron en ella. “No quiero salir de la calle Sucre, porque mi niñez fue al final de esta calle. Me gusta estar aquí, no quisiera cambiarlo, auque este lugar sea pequeño, no importa”, comenta alegremente.

Julia aprendió a bordar en un centro de esa especialidad en la ciudad de Tarija, mientras que Cira ingresó a unos cursos de corte y confección en una institución en Buenos Aires, donde le enseñaron a bordar.

El taller de estas hermanas, según Cira, es el único en el que se sigue trabajando con la máquina “común” para cocer y bordar. “Es como si se estuviera haciendo con la mano, en vez de estar trabajando con la aguja, mientras que la máquina industrial con computador borda sola. Eso no es artesanal, sino industrial”. Las hermanas Aguirre aún conservan seis máquinas de las “antiguas”.

Las mantas típicas “verdaderas”, según cuenta la artesana, tienen hasta cinco hilos que son matizados. Ese material era traído desde Santa Cruz, a donde llegaba desde Brasil. Ya se están perdiendo, a decir de ella, esos hilos de algodón para bordar en máquina. Los hilos con los que se elabora ahora las mantas sólo son de tres colores, son de seda y no de algodón, como era muchos años atrás. Una manta de las antiguas cuesta bordarla, entre tres y cuatro días.

Las camisas, según las artesanas, no deben contener bordados de dibujos grandes, sino que tienen que “ser más discretos”, porque así es cómo vestía la gente del campo hace mucho tiempo y “eso es lo tradicional”. Mientras que las blusas sí pueden ir con varios bordados y grandes porque así es como vestían “las mozas de antaño en el campo”.

Para elaborar las camisas, blusas y vestidos de lienzo, estas artesanas dejan la tela en agua entre tres y cuatro días para que se encoja. En caso de no hacerlo así, según Cira, engañarían a sus compradores porque una vez que ellos laven la prenda de vestir ya no les serviría porque se haría pequeña.

ELABORÓ ARTESANÍAS CON PRIVADOS DE LIBERTAD DE MORROS BLANCOS

Las hermanas, además, trabajaron por casi 30 años con los reos de Morros Blancos, a los que les enseñaron a elaborar artesanías de cuero, caña hueca, barro, entre otros materiales, con los que elaboraban adornos que generalmente se llevaban personas del interior y exterior del país cuando visitaban la ciudad.

Cira cuenta que aún conserva varias listas de los nombres de los presos y los trabajos que se los vendían. Ellos hacían los trabajos en la cárcel y lo enviaban para que las hermanas se los comercialicen. Según ella, en un principio los trabajos no eran bien elaborados, porque recién estaban iniciando con la labor, pero las personas apreciaban lo que hacían y lo vendían todo.

“Dejé de trabajar con los presos porque el encargado de la cárcel vino una vez y me dijo que no debía trabajar más con ellos porque yo les daba dinero y que estábamos haciendo algunos negocios que no debía. También me dijo que no debía confiar en ellos porque eran unos traicioneros, pero yo nunca desconfié de ellos, me decían que a mí nunca me robarían y así fue”, cuenta. Trabajó con ellos desde 1977 y hace aproximadamente ocho años dejó de hacerlo, ya que el responsable de la cárcel no quería que siga con esa labor.

Comenta lamentando no poder trabajar más con los privados de libertad. Recuerda que siempre, cuando salían de la prisión, llegaban hasta su taller para agradecerle por haberles colaborado. Y ella siempre les recomendaba que no vuelvan a cometer algún delito, sino que debían trabajar.

Además trabajó con personas del campo, a quienes les compraba los ponchos elaborados de “bayeta de tierra”. Ahora, dice, “se está perdiendo esa gente que hacían las bayetas”

PREMIOS Y RECONOCIMIENTOS

Cira no recuerda las veces que participó representando a Tarija en las ferias de artesanías en la ciudad de La Paz, Cochabamba, Oruro, pero indica que son muchas. También expuso sus trabajos en ferias en la capital chapaca. En casi todas las ferias obtuvo el premio a la calidad.

Tiene cuatro medallas, ocho diplomas y placas de reconocimiento que obtuvo como reconocimiento a la calidad de su trabajo.

En una oportunidad, no recuerda bien el año, participó en una huelga de hambre en la ciudad de La Paz con el fin de que les den un espacio para que se realice la feria de los artesanos. Sus compañeros, que llegaron desde otros departamentos, estuvieron ocho días en esa medida de presión, y cuando entró “La Chapaquita”, que era cómo la llamaban en la huelga, se solucionó el problema y consiguieron el espacio, por lo que decían que era una persona de “la buena suerte”.

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